LA BARCA SIN PESCADOR
(1945)
Comedia en tres actos
La barca sin pescador (1945)
3
"En el más remato confín de la China vive un Mandarín
inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera
hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para
hacerle morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiese,
¿quién de nosotros no apretaría ese botón?"
(Chateaubriand. "El genio del Cristianismo")
"Después me asaltó una amargura mayor. Empecé a pensar que el
Mandarín tendría una numerosa familia que, despojada de la
herencia que yo consumía en platos de Sèvres, iría atravesando
todos los infiernos tradicionales de la miseria humana los días sin
arroz, el cuerpo sin abrigo, la limosna negada..."
(Eça de Queiroz. "El Mandarín") 1
1 Estas dos notas deberán figurar en los programas, como lemas de la comedia.
Alejandro Casona (1903 - 1965)
4
Personajes
Tercero "A"
ESTELA Yesenia-Nicole-Aileen
FRIDA Geraldine-Katia-Shawny
LA ABUELA Ayri-Denisse-Diana
ENRIQUETA Giovanna-Victoria
RICARDO JORDÁN Brayan-León-Erick
EL CABALLERO DE NEGRO Brandon-Jesús-Ángel
Tío MARKO Franco-Alexis-Luis Eduardo
JUAN Ramón-Jair
BANQUERO Uriel-Irving
CONSEJERO 1º Ian-Pablo
CONSEJERO 2° Felipe-Gustavo
Tercero "B"
ESTELA Vania-Abigaíl-Vanessa
FRIDA Areli-Adriana
LA ABUELA Sandra-Leslie
ENRIQUETA Roxana-Lizette
RICARDO JORDÁN Jorge-Aldhair-Aldo
EL CABALLERO DE NEGRO Luis Enrique-César Omar-Israel
Tío MARKO Rubén-Sergio-Emmanuel
JUAN Luis Eduardo-Joseph-Alberto
BANQUERO Carlos-Francisco
CONSEJERO 1º Alejandro-Fernando
CONSEJERO 2° Alfredo-Loreto
La barca sin pescador (1945)
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ACTO PRIMERO
Despacho del financiero Ricardo Jordán. Lujo frío. Sobre la mesa, ticker y
teléfonos. En las paredes, mapas económicos con franjas de colores, banderitas
agrupadas en los grandes mercados y cintas indicadoras de comunicaciones
Una gran esfera terrestre, de trípode. Reloj de péndulo.
Invierno.
Enriqueta, sentada. Ricardo acude de mal humor al teléfono que llama desde
que se levanta el telón. Mientras él habla, ella retoca su maquillaje.
RICARDO.
¡
Hola! ¿Larga distancia...? Sí, sí, diga... Aquí también: otros cuatro enteros en
media hora. Pero le repito que no hay ningún motivo de alarma. No, eso nunca;
mis órdenes son terminantes y para todos los mercados. ¡Pase lo que pase,
comprenden! ¡Nada más! ¡Gracias! (Cuelga. Mira el ticker que señala la
cotización del momento.)
ENRIQUETA.
¿Siguen las malas noticias?
RICARDO.
Así parece.
ENRIQUETA.
¿Graves?
RICARDO.
Peores las he conocido y he sabido capear el temporal. Cuando se ve de
dónde viene el golpe es mas fácil evitarlo.
ENRIQUETA.
SI te limitaras a evitarlo... Pero te conozco; no eres hombre que se conforme
con encajar un golpe sin devolver otro.
RICARDO.-(Ofreciéndole un cigarrillo.)
Es lo que he hecho siempre. ¿Voy a acobardarme ahora?
ENRIQUETA.
No se trata de valor, sino de cifras. ¿Cuánto han subido hoy las acciones de la
Canadiense?
RICARDO. Catorce enteros más. Los mismos que hemos bajado nosotros.
ENRIQUETA. ¿Y hasta dónde puedes resistir la baja?
RICARDO. No me importa el límite, puesto que se trata de una baja provocada
artificialmente. El juego está bien claro: o la Canadiense o yo. Veremos quién
ríe el último.
ENRIQUETA. Ellos pueden permitirse el lujo de perder indefinidamente con tal de hundirte. No se trata de una empresa que defienda sus intereses. Es un hombre que te odia. Josué Méndel.
RICARDO. Josué Méndel... Un aprendiz. Los primeros negocios sucios que hizo en su vida los aprendió conmigo. Yo le enseñaré a respetar a su maestro.
ENRIQUETA. Pero hoy es el gran conductor de la industria y de la banca. Sabe sonreír en los salones; y las mujeres le admiran.
RICARDO. Ya veo, ya.
ENRIQUETA. Sin ironías, Ricardo. Es un juego peligroso. Puedes arrastrar a la ruina a mucha gente contigo.
RICARDO. No puedo perder mi tiempo pensando en los demás. ¿Tienes miedo?
ENRIQUETA. Por ti. Tú eres un apasionado, capaz de poner la vida entera a una carta. El tiene los ojos fríos, camina despacio... y llega siempre adonde quiere ir.
RICARDO. Nunca te imaginé tan pesimista. ¿Qué es lo que me aconsejas? ¿Rendirme?
ENRIQUETA. Pactar.
RICARDO. ¿Con Méndel? Nunca. Él ha querido la guerra, pues tendremos guerra. Y por favor, dejemos esto: no me parece elegante para ti. ¿Por qué no me llamaste anoche?
ENRIQUETA. Después de un día tan agitado supuse que necesitarías descanso. Estuve cenando en el Claridge... con unas amigas.
RICARDO. ¿No hay teléfono en el Claridge?
ENRIQUETA. No quise despertarte.
RICARDO. Qué extraño... Nunca me ha gustado el Claridge. Es donde suele reunirse la gente de Méndel.
ENRIQUETA. ¿Qué quieres insinuar...?
RICARDO. Seamos claros, Enriqueta. Hasta ayer nunca habías visto a ese hombre. ¿Dónde aprendiste que Méndel tiene los ojos fríos?
ENRIQUETA. ¡Ricardo...! ¿Una escena de celos ahora?
RICARDO. Perdona. (Entra Juan con una bandeja, dos vasos, coctelera y soda.)
DICHOS y JUAN
JUAN. Con permiso, señor.
RICARDO. ¿Quién ha pedido eso?
JUAN. Como el señor lleva tres noches sin dormir, me he permitido... ¡Pruébelo y me lo agradecerá!; pero con cuidado. ¡Es una fórmula para soñar de pie!
RICARDO. Gracias Juan.
JUAN.-(Dejando la bandeja.) El Director del Banco y los Consejeros esperan.
RICARDO. ¿Tranquilos?
JUAN. Pálidos. El señor Director ha encendido tres cigarrillos seguidos y no ha
fumado ninguno.
RICARDO. Que pasen. (Sale Juan.) Será mejor que te retires si no quieres presenciar una sesión borrascosa.
ENRIQUETA. Escúchalos con calma. En estos momentos todo consejo puede ser útil. ¿Por qué me miras así?
RICARDO. No sé. Te encuentro muy extraña. Demasiado razonable, quizá. En fin, querida; será que vamos envejeciendo. (La besa fríamente.)
ENRIQUETA. Piénsalo, Ricardo. Piénsalo. (Sale. Ricardo la mira ir pensativo. Se sirve un vaso. Juan abre la puerta corredera del fondo, dejando pasar al Director del banco y dos Consejeros.)
RICARDO, BANQUERO, CONSEJEROS 1º y 2º
RICARDO. Adelante, señores. ¿Algo nuevo?
CONSEJERO 1º. Demasiadas cosas en poco tiempo. ¿Ha visto el curso de las cotizaciones? Ayer cerramos a ciento ochenta y hoy hemos abierto a ciento sesenta y cinco. Desde entonces acá...
RICARDO. Ya sé. Hemos bajado catorce enteros más.
CONSEJERO 2º. Perdón; diez y ocho en este momento. Antes del cierre serán veinte, quizá treinta.
BANQUERO. He salido de la Bolsa cuando se lanzaban al mercado cuatro mil acciones más. He visto el desconcierto de los agentes, los corrillos nerviosos de cien pequeños accionistas, las cifras derritiéndose como manteca en las pizarras.
RICARDO. Sin embargo puedo garantizarles que es una falsa alarma.
BANQUERO. No es una alarma. ¡Es el pánico! Una jauría aullando de terror y
apretujándose por desprenderse de unos valores que se desploman.
CONSEJERO 1º. Una alarma puede cortarse con un golpe de audacia. Contra el pánico no hay fuerza humana que resista.
RICARDO. Ahí está la única palabra; resistir. ¡Resistir! ¿A quién favorece este pánico? A Méndel. Por eso lo paga. Cuando nuestras acciones estuvieran en el suelo, él vendría tranquilamente a recogerlas y apoderarse de la empresa. Hace falta ser muy estúpido para no ver el juego.
CONSEJERO 2º. ¿Es decir, que usted se empeña en no ver en todo esto más que una simple especulación?
RICARDO. Lo he hecho yo muchas veces y conozco el sistema: la prensa comprada, los saboteadores a sueldo, los rumores alarmistas...
BANQUERO. Desgraciadamente no son todo rumores: también hay realidades. La huelga se
extiende en las refinerías amenazando con el paro total.
RICARDO. Se compra a los líderes. Bastará doblar el precio que les haya ofrecido Méndel.
BANQUERO. ¿Y nuestros yacimientos de petróleo al otro lado de la frontera? El golpe de estado nacionalista no reconoce los intereses extranjeros.
CONSEJERO 1º. ¡Nuestros pozos serán expropiados al precio que ellos fijen!
RICARDO. Propaganda política que nadie se atreverá a confirmar. ¡El petróleo no tiene patria!
CONSEJERO 2º. No es una amenaza. Es noticia confirmada por nuestra agencia. Vea este cable.
BANQUERO.-(Mientras Ricardo lee el cable.) Cuando esto se sepa en la Bolsa, la baja se convertirá en una caída vertical.
CONSEJERO 1º. Hay que salvar lo que se pueda, antes que sea tarde.
RICARDO. En resumen: ¿qué es lo que me proponen? ¿Entregarnos a Méndel?
CONSEJERO 1º. Hoy todavía estamos a tiempo de pactar. Mañana nos tendrá atados de pies y manos.
RICARDO. Rotundamente, ¡no! Mientras yo tenga la dirección de la empresa, mi única orden es resistir. ¡Y luego, pegar!
BANQUERO. ¿Con qué capital? En estas condiciones mi Banco no puede arriesgar nuevos créditos.
RICARDO. ¿También usted ha perdido la fe en mí?
BANQUERO. ¿Y quién puede tenerla cuando el grito de alarma ha salido de este mismo despacho? Esas cuatro mil acciones lanzadas al mercado esta misma mañana son de la señorita Enriqueta. ¡Su propia amiga!
RICARDO. ¡No es posible!
BANQUERO. Anoche la vieron cenando con Méndel. En el Claridge.
RICARDO. ¡Mienten! ¿Quién la ha visto?
CONSEJERO 1º. Yo, señor Director.
CONSEJERO 2º. Y yo.
RICARDO. ¿Luego también ustedes estaban? Ahora veo clara la maniobra. El barco se hunde y las ratas se apresuran a abandonarlo. ¿No es eso? Pues no, señores. Yo sabré ponerlo a flote una vez más. Y si el capital de la empresa no basta, yo lucharé con el mío, hasta el último céntimo. (Vuelve a oírse el ticker.)
BANQUERO. Piénselo fríamente. Puede ser la ruina.
CONSEJERO 1º.-(Que ha corrido a observar el ticker.) Mire estas cifras. ¡Es el desplome total!
CONSEJERO 2º. Los accionistas exigen su dimisión. ¡Es lo único que puede salvarnos a todos!
RICARDO. ¡Basta! ¿Qué esperan? Vayan a arrodillar su miedo a los pies de Méndel. Por mi parte sólo conozco una fórmula de lucha; o todo o nada. Es mi última palabra.
BANQUERO. Está bien. También nosotros diremos la nuestra. ¡Vamos! (Salen.)
RICARDO.-(Solo, murmura, entre dientes.) Cobardes... cobardes... ¡Y ella...! (Se deja caer abismado en un sillón. Bebe de nuevo en silencio. Rumor de lluvia. Las luces bajan visiblemente mientras se oye un extraño fondo de música, obsesiva y monótona. La puerta corrediza del foro se abre. Sola,
lentamente, sin ruido alguno, dando paso al Caballero de Negro. Vuelve a
cerrarse a su espalda con un discreto misterio. El Caballero de Negro viste
chaqué y trae al brazo su carpeta de negocios. Solamente su sonrisa fría, su nariz rapaz y su barbilla en punta denuncian, bajo la apariencia vulgar, su
perdurable personalidad. Avanza en silencio y habla sobre el hombro de Ricardo con cierta solemnidad confidencial.)
RICARDO y el CABALLERO DE NEGRO
CABALLERO. No lo pienses más, Ricardo Jordán. Tu amante te ha traicionado. Tus amigos, también. Estás al borde de la ruina. Tal vez de la cárcel. En estas condiciones, el único que puede salvarte soy yo. (Ricardo mira sorprendido a su alrededor y luego al desconocido, como si tardara en darse cuenta.)
RICARDO.-(Se levanta.) ¿Quién es usted?
CABALLERO. Un viejo amigo. Cuando eras niño y tenías fe, soñabas conmigo muchas noches. ¿No te acuerdas de mí?
RICARDO. Creo que he visto esa cara alguna vez... no sé dónde.
CABALLERO. En un libro de estampas que tenía tu madre, donde se hablaba ingenuamente del cielo y del infierno. ¿Recuerdas? Pagina octava... a la izquierda.
RICARDO.-(Mirándole fijamente.) ¿Entre una nube de humo? ¿Con una capa roja y una pluma de gallo?
CABALLERO. Era el traje de la época. Ha habido que cambiar un poco la tramoya y la guardarropía, para ponerse a tono.
RICARDO.-(No queriendo creer.) ¡No...!
CABALLERO. Sí.
RICARDO.-(Se restriega los ojos.) Hablemos en serio, por favor... ¿no pretenderá hacerme creer que estoy tratando con... con...?
CABALLERO. Dilo sin miedo. Con el Diablo en persona.
RICARDO. ¡Demonio!
CABALLERO. También. Todos mis nombres se usan como exclamación.
RICARDO.-(Tratando de reaccionar.) Desconocido señor: yo no sé de qué manicomio se ha escapado usted ni qué es lo que se propone. Pero le advierto que ha elegido muy mal momento.
CABALLERO. ¿Malo, por qué? ¿No estabas desesperado cuando llegué?
RICARDO. Eso sí; puede jurarlo.
CABALLERO. ¿Entonces...? Yo siempre elijo para los hombres ese mal cuarto de hora que vosotros elegís para las mujeres.
RICARDO. ¿Pero se da cuenta de lo absurdo de esta situación? Usted no puede estar ahí, aunque lo crea. El diablo no es un personaje de carne y hueso. Es una idea abstracta.
CABALLERO. Y sin embargo aquí me tienes. De vez en cuando, hasta las ideas abstractas necesitamos salir a estirar las piernas.
RICARDO. No puede ser. Una aparición en estos tiempos... ¡y con esa facha!
CABALLERO.-(Ofendido, mirándose.) ¿Facha?
RICARDO. Perdón; quiero decir, con ese aspecto provinciano, de pequeño burgués.
CABALLERO. Te diré; en realidad hay tres diablos distintos según la jerarquía de las almas. Hay uno aristocrático y sutil, para tentar a los reyes y a los santos. Hay otro, apasionado y popular, para uso de los poetas, y los campesinos. Yo soy el diablo de la clase media.
RICARDO. Ahora me explico el chaqué; y hasta la carpeta de negocios. ¿No le parece demasiada naturalidad?
CABALLERO. La naturalidad siempre está bien. Incluso para lo sobrenatural. Con permiso. (Se sienta tranquilamente y se sirve un vaso.)
RICARDO. Ea, basta de bromas estúpidas. O usted se retira ahora mismo o haré que lo pongan en la calle.
CABALLERO. Creo que vas a perder el tiempo: pero inténtalo. (Se sirve soda. Bebe. Ricardo aprieta en vano el timbre y luego trata de llamar al teléfono. El Caballero de Negro comenta sin mirar.) Es inútil. El timbre no sonará. El teléfono tampoco.
RICARDO.-(Llamando en voz alta.) ¡Juan...! ¡Juan...!
CABALLERO. No te canses; mientras yo esté aquí, nadie se moverá ni escuchará tu voz. El tiempo mismo se quedará dormido en los relojes. (Ricardo mira el reloj. El péndulo se detiene.)
RICARDO. Pero entonces... es verdad. ¿No estoy soñando?
CABALLERO. Pronto te convencerás del todo. Siéntate tranquilo y hablemos como dos buenos amigos.
RICARDO. Eso de amigos...
CABALLERO. No seas modesto, siéntate.
RICARDO.SI no hay otro remedio... (Se sienta. Saca su pitillera.) ¿Un cigarrillo?
CABALLERO. Gracias; me hace daño el humo.
RICARDO.-(Enciende el suyo.) ¿Y bien? ¿Puede saberse a qué has venido?
CABALLERO. Pasaba por la bolsa, ¡donde tengo tantos clientes! He visto tu caso y vengo a proponerte un negocio. Naturalmente, un negocio espiritual.
RICARDO. ¡Tú siempre romántico!
CABALLERO. Siempre; es mi destino. Mientras vosotros os preocupáis sólo de la mecánica y la economía, yo sigo ocupándome exclusivamente del alma.
RICARDO. ¿Crees que la mía merece la pena?
CABALLERO. En este caso, sí. Se trata de un experimento.
RICARDO. No creo que perder mi alma te cueste mucho trabajo; la pobre debe estar bastante perdida ya.
CABALLERO.-(Sacando una ficha de su cartera.) En efecto; según la ficha que llevo de ella está ya casi madura para la condenación. Pero todavía le falta un empujoncito: el último.
RICARDO. Menos mal.
CABALLERO. Tu lista está bien nutrida de traiciones, bajezas, escándalos y daños. Ni el dolor humano te ha conmovido nunca, ni has guardado jamás la fe jurada, ni has respetado la mujer de tu prójimo. En cuanto a aquello de no codiciar los bienes ajenos creo que será mejor no hablar, ¿verdad?
RICARDO. Si; realmente, sería muy largo.
CABALLERO. En una palabra; todo lo que la Ley te manda respetar, lo has atropellado; todo lo que te prohíbe, lo has hecho. Hasta ahora, sólo un mandamiento te ha detenido: "No matarás".
RICARDO.-(Inquieto, levantándose.) ¿Es un crimen lo que vienes a proponerme?
CABALLERO. Exactamente; lo único que falta en tu lista. Atrévete a completarla, y yo volveré a tus manos las riendas del poder y del dinero, que acabas de perder.
RICARDO.
No,
gracias. Habré llegado muy bajo, no lo niego. Pero un crimen es
demasiado.
CABALLERO. ¿Tan seguro estás de no haber cometido ninguno? Hay crímenes sin sangre, que no están en el Código.
RICARDO. ¿Por ejemplo...?
CABALLERO. Por ejemplo... (Consulta nuevamente la ficha.) Cuando eras niño pobre rondabas los muelles buscando plátanos podridos para saciar tu hambre.
Treinta años después hacías arrojar al mar centenares de vagones, para hacer
subir los precios. ¿Cómo llamarían a eso los niños hambrientos que siguen
rondando los muelles?
RICARDO. No puedo detenerme en sentimentalismos. El corazón es un mal negocio.
CABALLERO. De acuerdo. Entonces dejemos los sentimientos y vamos a los números, que es tu fuerte. (Vuelve a consultar la ficha.) En tu empresa trabajan tres mil hombres respirando los gases de las minas y el humo de las fábricas. Según las estadísticas todos ellos mueren cinco años antes de lo normal. Tres mil hombres a cinco años, son ciento cuarenta siglos de vida truncada. ¡Linda cifra, eh! La historia del mundo no tiene tanto.
RICARDO. Tampoco de eso es mía la culpa. Yo no inventé el sistema.
CABALLERO. Pero vives de él cómodamente. Y todo esto sin contar a los que tosen en plena juventud gracias a ti; y a los que engendran hijos raquíticos, gracias a ti; y a los viejos prematuros, y a los mutilados...
RICARDO. ¡Tenemos los mejores hospitales del país!
CABALLERO. Lo de siempre: primero fabricáis los enfermos y después los hospitales.
RICARDO. Entendámonos. ¿Has venido a perder mi alma o a darme una lección de moral?
CABALLERO. Nunca he sabido hacer lo uno sin lo otro.
RICARDO. Vergüenza debiera darte. Si en vez de un predicador trasnochado fueras un diablo serio, estarías orgulloso de mí.
CABALLERO. ¿Y quién dice que no? Desde mi punto de vista todo lo que has hecho hasta ahora es perfecto.
RICARDO. ¡Ah! Pero de esos males de que me acusas, no soy el responsable yo sólo. Somos muchos. ¡Todos!
CABALLERO. En eso no te falta razón. Para emplear tu lenguaje yo diría que son... "crímenes anónimos, de responsabilidad limitada".
RICARDO. Exacto.
CABALLERO. Por eso vengo a proponerte uno que sea exclusivamente tuyo; con plena responsabilidad.
RICARDO. Es inútil. ¡No mataré...! ¡No mataré!
CABALLERO. Calma. Un hombre de presa como tú no rechaza un negocio sin escuchar las condiciones.
RICARDO. Por buenas que sean. Una cosa es encogerse de hombros ante la vida de los demás, y otra muy distinta matar con las propias manos.
CABALLERO. ¿Y si no hicieran falta las manos?
RICARDO. ¿Qué quieres decir?
CABALLERO. Que el hecho material no me importa. Basta con la intención moral. Pon tú la voluntad de matar, y yo me encargo de lo demás.
RICARDO. No me fío. Un negocio con tantas facilidades siempre es sospechoso.
CABALLERO. Ah, ¿ya empieza a parecerte fácil?
RICARDO. ¿Y a quién no? Si la víctima cae lejos, sin que yo tenga que verla, ¿qué puede importarme?
CABALLERO. Lo que esperaba. Para sufrir con el dolor ajeno, lo primero que hace falta es imaginación: y tú no la tienes. Por ese lado, puedes estar tranquilo. Es un negocio limpio.
RICARDO. ¿Sin sangre?
CABALLERO. Sin sangre. ¿Aceptado?
RICARDO. La proposición es tentadora. Pero, ¿quién me responde de ti?
CABALLERO. Nunca he faltado a mis pactos. Yo te prometo que nadie lo sabrá, ni habrá ley humana que pueda castigarte. ¿Dudas aún?
RICARDO. Dicen que los criminales sueñan con sus víctimas.
CABALLERO. Tú no. Ni siquiera necesitarás conocerla. Puedes elegir un nombre cualquiera en cualquier lugar de la tierra. Cuanto más lejos, mejor. Por ejemplo... (Se levanta; se descalza un guante que deja sobre la mesa, y hace girar la esfera. Después la detiene con el dedo, al azar.) Aquí. Al otro lado del mar. Una pequeña aldea de pescadores en el Norte. ¿Has estado en el Norte alguna vez?
RICARDO. Nunca.
CABALLERO. Mejor; conocer un paisaje es casi conocer al hombre. Ahora haz un esfuerzo mental, y sígueme. (La luz baja más dejando sólo iluminadas las dos figuras junto a la esfera.) Mira, ya es de noche en la aldea. Ahí tienes a Péter Anderson -un pescador como otro cualquiera- subiendo la cuesta de su casa, frente al mar. Sopla un viento fuerte. ¿Lo oyes...? (Se oye, primero vagamente y después cada vez más próximo, el silbido del viento.)
RICARDO. No sé... Es algo así como si me zumbaran los oídos...
CABALLERO. Concéntrate más. Péter Anderson acaba de comprarse una barca, y sube alegremente la cuesta, cantando una vieja canción... ¿La oyes? (Se oye la canción lejana, acercándose. Fondo de acordeón.)
RICARDO. La siento acercarse. ¿No es una ilusión mía?
CABALLERO. No, es que tu alma está ahora allí. Péter Anderson ha bebido un poco de whisky... el despeñadero sobre la playa es peligroso... y corre un viento capaz de derribar a un hombre. Mañana, cuando lo encuentren en el fondo del acantilado, todo el mundo creerá que fue el viento. (Pausa. Se oye más clara la canción y el silbar del viento.) ¿Qué esperas? Un simple esfuerzo de voluntad, y toda la fortuna y el poder volverán de golpe a tus manos. Si no te basta, puedo ofrecerte también la ruina de Méndel... ¿Qué esperas...?
RICARDO. No sé... no puedo...
CABALLERO. ¡Tiene que ser ahora mismo, al doblar la cuesta! ¡Cierra los ojos, Ricardo Jordán! Es sólo un momento.
RICARDO.-(Baja instintivamente la voz.) ¿Qué tengo que hacer?
CABALLERO.-(Poniendo el contrato sobre la mesa.) Con una firma es bastante. Aquí (Ricardo moja la pluma y vacila. Crece el rumor del viento y la canción. El Caballero de Negro escucha, artísticamente conmovido.) Al final de la cuesta hay una ventana iluminada... Péter levanta la mano para saludar... ¡Firma ahora! ¡Es el momento! (Ricardo firma. Entonces, como saliendo de la esfera misma, se oye un grito desgarrado de mujer.)
GRITO. ¡Péter! (La canción se corta y el viento cesa repentinamente. Silencio
absoluto.)
CABALLERO. Pobre Péter Anderson...
RICARDO.-(Sobrecogido, sin voz.) ¿Ya...?
CABALLERO. Ya. ¿Ves qué sencillo? Una ráfaga de viento negro sobre el despeñadero, y un pescador menos en la aldea. Es cosa de todos los días. (Guarda el documento.) En cuanto a tus negocios, pronto recibirás buenas noticias. Enhorabuena. (Se dispone a salir.)
RICARDO. Espera... ¿quién dio ese grito?
CABALLERO. ¿Qué importa eso ya?
RICARDO. Péter no estaba solo. Lo he oído perfectamente... ¡fue un grito de mujer!
CABALLERO. No preguntes. ¡Cuanto menos sepas, tanto mejor para ti!
RICARDO. Pero ese grito... ¡Si por lo menos no hubiera oído ese grito...!
CABALLERO.-(Irónico.) ¿Ya empezamos...? No vuelvas a pensar en ello. Y sobre todo, no olvides tus propias palabras: el corazón es un mal negocio. (Se vuelve junto a la puerta con una sonrisa ambigua.) De todos modos, pobre Péter Anderson ¿verdad? Cantaba como un enamorado... Y parecía tan feliz. (Se inclina cortésmente.) Muchas gracias. (La puerta se abre silenciosamente y sola como cuando entró y se cierra de nuevo tras él. Vuelve la luz normal. Ricardo, obsesionado, contempla en la esfera "el lugar del hecho". Por fin reacciona restregándose los ojos como si despertara. Mira el reloj. El péndulo vuelve a marchar.)
RICARDO. No puede ser. Aunque lo haya visto con mis propios ojos ¡no puede ser! (Golpea impaciente el timbre, llamando al mismo tiempo.) ¡Juan...! ¡Juan...! (Juan abre la puerta del fondo.) ¡Detén a ese hombre! ¡Tráelo acá otra vez!
JUAN y RICARDO
JUAN. ¿A quién, señor?
RICARDO. Tienes que haberte cruzado con él. ¡Acaba de salir por esa misma puerta!
JUAN. Imposible. Yo estaba sentado, como siempre, ahí en el vestíbulo.
RICARDO. ¿Y no lo has visto? Un caballero vestido de negro... con una carpeta...
JUAN. Puedo jurarle que aquí no ha entrado ni salido nadie.
RICARDO. ¿Vas a hacerme creer que estoy loco? ¿Y el viento? ¿Tampoco lo has oído?
JUAN. ¿Viento? En el jardín no se mueve ni una hoja.
RICARDO. ¿Y una canción? ¡Y ese grito... ese grito de mujer, ahí mismo!
JUAN.-(Mirando sospechosamente la coctelera.) Si el señor me permite un consejo, creo que le conviene acostarse. Ya le advertí que la fórmula del cóctel, es para soñar de pie.
RICARDO. Ojalá no hubiera sido más que un sueño. Pero lo he visto tan claro... (Pausa.) Dime, Juan ¿tú crees en el Diablo?
JUAN.-(Digno.) No creo que el señor tenga derecho a hacerme esa pregunta. La libertad de conciencia está garantizada en la Constitución.
RICARDO. Perdona: no he querido ofender tus convicciones. (Pensativo.) De todos modos, es extraño... muy extraño...
JUAN. ¿Por qué ha de ser extraño? El señor lleva tres noches sin dormir, tiene
trastornados los nervios... y ha bebido dos vasos.
RICARDO. ¿Dos...? ¿Quién te asegura que fui yo el que bebió los dos?
JUAN.-(Con los vasos en la mano.) La señorita habría dejado en el borde una marca de carmín. Aunque modesta, también yo tengo mi experiencia.
RICARDO. Lo malo es que yo no recuerdo haber bebido más que el primero.
JUAN. Tranquilícese; después del primero, no hay quien recuerde los otros.
RICARDO. Tienes razón. Todo puede explicarse por las leyes naturales. Además, lo otro sería tan absurdo... tan anacrónico. (Respira profundamente, aliviado.) Gracias, Juan. No sabes el peso que me acabas de quitar de encima.
JUAN. No vale la pena; conozco mi oficio, simplemente. (Recoge todo en la bandeja. Ricardo va a encender un cigarro.) ¿Este guante negro es del señor?
RICARDO.-(Nuevo sobresalto. Tira el cigarrillo.) ¿Un guante negro? (Lo toma y lo mira fijamente.) ¡Exacto! Por fin un rastro de realidad. ¿Qué me dices ahora? Cuando tú sueñas con un árbol de manzanas, no te encuentras una manzana al despertar, ¿verdad?
JUAN. No es lo corriente.
RICARDO. Pues aquí está la manzana. Si este guante que vemos los dos es verdad, quiere decir que también fue verdad la mano... y el hombre de la mano.
JUAN.-(Inquieto.) ¿Le ocurre algo al señor?
RICARDO. Nada que tú puedas comprender. Lo que ha ocurrido aquí es un misterio; y el misterio no está previsto en la Constitución. (Suena el teléfono.) Puedes retirarte. (Sale Juan, meneando la cabeza compasivamente. Ricardo acude al teléfono.) ¿Hola? Sí, yo mismo; diga... ¿Ya? sí, sí, lo esperaba; pero no tan pronto. Suspendan todas las compras hasta nueva orden. Gracias. (Mira la cinta del ticker que vuelve a funcionar. Se sienta pesadamente. Entra Enriqueta, radiante.)
RICARDO y ENRIQUETA
ENRIQUETA.
¡
Ricardo! ¡Qué alegría encontrarte solo! He venido corriendo; quería ser la
primera en darte la noticia...
RICARDO.-(Fríamente.)
¿
Que he triunfado? Si no lo supiera ya, me bastaría verte aquí otra vez para
comprenderlo.
ENRIQUETA.
¿
Te lo han dicho?
RICARDO.
Sí.
Ha habido un vuelco total en la Bolsa, y nuestros valores están subiendo
más rápido que bajaron.
ENRIQUETA.
¡
Si lo hubieras visto! Ha sido un espectáculo emocionante. Y de repente...
como una descarga eléctrica. ¡Es para creer en milagros!
RICARDO.
Me
extraña esa alegría. Si tu jugaste a vender y yo a comprar, es mala noticia
para ti.
ENRIQUETA
No
iras a reprocharme que haya tenido miedo. Me hicieron creer que todo
estaba perdido, y trate de salvar algo... pensando en los dos
RICARDO.
Muy
generoso. ¿Pero quiénes eran los dos?
ENRIQUETA.
La barca sin pescador (1945)
23
Te
juro que lo hice por ti. ¡Sólo por ti!
RICARDO.
Gracias,
querida; no esperaba menos. Pero con el otro no seas tan
impaciente. Conviene que el oso este bien muerto antes de repartirse la piel.
Abajo tienes el coche, es mi último regalo.
ENRIQUETA.
¿
Debo entender que me pones en la calle?
RICARDO.
Te
dejo donde te encontré. Mis saludos a Méndel.
DICHOS y CONSEJEROS 1º y 2º
Que aparecen al mismo tiempo por distintas puertas.
Después el DIRECTOR del Banco.
CONSEJERO 1º.
¡
Señor Jordán...!
CONSEJERO 2º.
¡
Señor Jordán...!
RICARDO.
Sin
prisa, señores. ¿Grandes noticias, verdad?
CONSEJERO 1º.
¡
Espléndidas! ¡Nuestros pozos del sur están a salvo!
CONSEJERO 2º.
El
conflicto de las refinerías se ha solucionado. El comité de huelga retira
todas sus demandas.
CONSEJERO 1º.
Y
el alza sigue vertiginosamente. ¡Las cifras suben como fiebre!
RICARDO
¿
Nada más? Eso es solo la primera parte. Algo más espectacular tiene que
ocurrir aún. (Viendo llegar al Director del Banco que agita triunfalmente un
cablegrama.)
BANQUERO.
¡
Sensacional!
RICARDO.
Alejandro Casona (1903 - 1965)
24
Quizá
esté ahí ya.
BANQUERO.
Cable
urgente. ¡Los pozos de petróleo de Méndel están ardiendo!
CONSEJERO 1º.
¡
Soberbio! Hay que hacer publicar esa noticia inmediatamente ¡Extra! iExtra!
BANQUERO.
Permítame
felicitarle. Sólo un cerebro como el suyo podía organizar una
jugada así.
RICARDO.
Gracias,
señores, gracias. No esperaba menos. (Sin aceptar la mano que el
Director le tiende.) ¿Y bien? ¿Que vienen a buscar ahora? ¿Todos,
heroicamente, a ayudar al vencedor?
BANQUERO
Yo
siempre tuve fe en usted.
CONSEJERO 1º.
Solo
tratábamos de aconsejarle.
RICARDO.
No
tengan miedo por sus migajas. La rueda de la fortuna está en marcha y
nadie puede detenerla ya. Pero ¿habrá bastante dinero en el mundo para borrar
esa gota de sangre?
ENRIQUETA.
¿
Sangre?
BANQUERO.
¿
Dónde?
RICARDO.
¡
Allá! En un playa cualquiera de cualquier pueblo. Mañana un revuelo de
gaviotas descubrirá el sitio... y algún niño será el primero en encontrarlo... (Se
miran todos confusos.) A ustedes les pregunto, hombres que todo lo compran y
todo lo venden. ¿Cuánto cuesta arrancarse de los oídos un grito de mujer?
¿Qué río de oro puede devolver la luz a esos ojos azules donde se están
enfriando las estrellas?
ENRIQUETA.
¡
Ricardo!
BANQUERO.-(Deteniéndola, en vos baja.)
Calma.
Son los nervios.
La barca sin pescador (1945)
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RICARDO.
¿
Qué esperan aún? ¿No comprenden que lo que necesito ahora es estar
solo...? ¡Solo!... ¡¡Solo!! (El Director se lleva del brazo a Enriqueta. Van saliendo
todos. Vuelve a oírse el viento. Ricardo hace girar la esfera rápidamente.)
RICARDO.
¡
Ese viento...! ¡Ese viento...! ¡Si pudiera dejar de oírlo alguna vez...! (Se deja
caer en un asiento. A su alrededor se oyen voces obsesivas que repiten como
hablándole al oído.)
VOCES.
Péter
Anderson... ¡Péter...! ¡Péter...! ¡Péter Anderson! (Se oye nuevamente el
grito. La esfera sigue girando.)
TELÓN
Alejandro Casona (1903 - 1965)
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ACTO SEGUNDO
Tiempo después en casa de Péter Anderson. Hogar humilde de pescadores en
una costa nórdica, con el remo clavado en la puerta y redes colgadas en las
barandas. Sobre una repisa pequeños modelos de barcos, unos a medio hacer y
otros ya terminados, en botellas o fanales de cristal. Mesa rústica de comedor,
alacena con platos y cubiertos, una vieja estufa de hierro o chimenea de leña. A
un lado entrada a la cocina; al otro, arranque de escalera y salida al huerto. Por
la ventana y puerta del fondo se ve el acantilado, y más lejos la silueta del
promontorio sobre el mar. Luz de tarde.
La Abuela, sola, tiende la mesa mientras piensa y rezonga en voz alta.
La ABUELA sola. Después, FRIDA.
ABUELA.
Mantel
para el almuerzo, mantel para la cena. Cuando el mantel se dobla, se
abre la sábana; y cuando la sábana se tiende ya hay que volver al mantel. Y
silencio. Ahora los dos platos. Y los dos cubiertos. Ayer también fueron dos; y
antes de ayer... y así para siempre. Cuando éramos tres, la casa se llenaba de
voces, y se hablaba de mañana... ¡Mañana! A veces se derramaba el vino y nos
reíamos echándole sal. Desde que hay un plato menos, la mesa es demasiado
grande. Falta el plato del hombre, y donde falta el plato del hombre ya no hay
risas, ni vino... ni mañana. Dos mujeres solas, ahí está todo: el mantel frío, la
sábana fría, y el silencio. ¡Maldita, maldita la casa de mujeres solas! (Frida, que
ha aparecido en la puerta hace un momento escuchando extrañada, la llama.)
FRIDA.
Abuela.
ABUELA.
¿
Tú? Dichosos los ojos. Ya creí que se te había olvidado el camino de esta
casa.
FRIDA.
Oí
la voz desde fuera y no me atrevía a pasar. Creí que estabas con alguien.
ABUELA.
Conmigo
misma, y gracias. Por lo visto soy la única que todavía me aguanta.
FRIDA.
La barca sin pescador (1945)
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Como
te oí hablar alto...
ABUELA.
¿
Y qué quieres que haga con todas las palabras que me están escociendo
aquí? ¿Tragármelas? ¡A volar, aunque nadie las oiga! Lo que no se dice se
pudre dentro, y es peor. (Sigue arreglando la mesa. Frida la ayuda.) ¿Tu
marido?
FRIDA.
En
casa; trabajando.
ABUELA.
Cuanto
menos lo dejes solo, mejor. De un tiempo a esta parte Cristián bebe
demasiado; ojo con él. ¿Y el niño?
FRIDA.
Está
bien.
ABUELA.
Está
bien, está bien... ¡Eso es todo lo que se te ocurre decir de un hijo! ¿No
ata cacharros a la cola del gato? ¿No hace ruido con los zuecos en las baldosas?
¿No vuelca la marmita del agua caliente? ¿No tira piedras a las gaviotas?
¡Nunca! ¡Hasta ahí podíamos llegar! Los hijos de mis nietos se limitan a estar
bien, y se acabó.
FRIDA.
Pero,
abuela, si lo has visto ayer mismo.
ABUELA.
Mi
trabajo me costó, que ya no tengo las piernas para cuestas, y si yo no subo
a nadie se le ocurre bajar. Podías haberlo traído contigo.
FRIDA.
Pasaba
nada más. No sabía si iba a entrar.
ABUELA.
No
sería la primera vez que te veo rondar y pasar de largo con la cabeza
gacha.
FRIDA.
No
es por ti.
ABUELA.
¿
Por quién entonces? ¿Por tu hermana?
FRIDA.
¿
Está en casa?
Alejandro Casona (1903 - 1965)
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ABUELA.
Podando
el huerto. ¿La llamo?
FRIDA.
No,
deja. Prefiero decírtelo a ti sola.
ABUELA.
Cualquiera
diría que le tienes miedo. ¿Es tu hermana la que te hace bajar la
cabeza y pasar de largo por mi puerta?
FRIDA.
Estela
no es la misma de antes. Desde la muerte de Péter, a todos nos mira
como enemigos. Como si alguien tuviera la culpa de su desgracia.
ABUELA.
Siempre
hay que perdonar a los que sufren. Ella se quedó sin nada, tú tienes
todo lo que hace falta para ser feliz. Y en tu mesa siempre sobra el pan.
FRIDA.
¿
Crees que eso me basta? Todo lo mío me parecería poco para dárselo. Pero
no acepta nada de mí.
ABUELA.
Ni
de ti ni de nadie. El dolor de los pobres es muy orgulloso.
FRIDA.
¿
Comprendes ahora por qué paso de largo muchas veces sin levantar los
ojos? Me duele ver a mi hermana cosiendo redes ajenas, o trabajando la tierra
como un hombre, o tallando esos barcos en las noches de invierno.
ABUELA.
Ella
lo dice: la mejor manera de recordar a los que se fueron es ocupar su
puesto.
FRIDA.
¿
Por qué condenarse a esta soledad? Mi casa es grande; allí podríamos vivir
todos juntos.
ABUELA.
¿
Abandonar estas paredes ella? Con los pies hacia adelante tendría que ser.
Un día le propuse alquilar esa habitación que da al mar; siempre hay algún
forastero que pagaría bien. Pero tampoco. Ni saldrá de aquí, ni consentiría que
ningún extraño se asome a la ventana donde se asomaba Péter.
FRIDA.
¿
Y hasta cuándo puede resistir así? Para sostener una casa con las redes
colgadas y una barca que no sale al mar, no basta el trabajo de una mujer.
La barca sin pescador (1945)
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ABUELA.
Ya
van casi dos años, y hasta ahora, mal que bien, vamos saliendo adelante.
FRIDA.
No,
Abuela. Tú lo sabes igual que yo: la renta de la huerta está sin pagar, y lo
único que tenéis para responder es la barca. ¿Vais a dejarla perder?
ABUELA.
Esa
nadie nos la quitará. La defenderemos con uñas y dientes.
FRIDA.
No
hay más defensa que una: pagar.
ABUELA.
Cincuenta
coronas es demasiado para una casa sin hombre.
FRIDA.
En
la mía hay uno, sano y fuerte. Eso es lo que venía a decirte. La barca de
Péter está salvada.
ABUELA.
¿
Cristián pagó? ¿Y te escondes de tu hermana para decirlo?
FRIDA.
Si
ella supiera que ese dinero es nuestro, quizá no lo aceptaría.
ABUELA.
Pero
entonces... ¿qué me estáis ocultando las dos? ¿Ha ocurrido algo entre
vosotras?
FRIDA.
Por
mi parte, no. Por ella... ojalá fueran solamente imaginaciones mías. (Se
acerca, confidencial.) Dime, abuela, ¿Estela no te ha dicho nunca nada?
ABUELA.
¿
De quién?
FRIDA.
No
sé... De mí... De Cristián...
ABUELA.
¿
De tu marido? ¿Qué tiene ella que ver con tu marido?
FRIDA.
Era
el compañero de Péter; siempre estaban juntos.
ABUELA.
Alejandro Casona (1903 - 1965)
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Compañeros,
sí; amigos, no lo fueron nunca, bien lo sabes. ¿Por qué
recuerdas eso ahora?
FRIDA.
Por
nada.
ABUELA.
Por
nada, no. Algo ibas a decir.
FRIDA.-(Se aparta.)
Cosas
que se le meten a una en la cabeza. Ya pasó.
ABUELA.
¡
Así, hija, así! Si algo te está mordiendo el alma, calla y repúdrete por dentro.
Como ella. Como todos. Silencio, silencio siempre. ¡Y yo aquí en medio, llena
hasta la garganta de palabras, sin tener con quién repartirlas!
FRIDA.
Todo
lo que tenía que decirte te lo he dicho ya. Lo que te pido es que no lo
sepa Estela.
ABUELA.
¿
Que no? En cuanto entre por esa puerta. ¡Pues buena soy yo para andar con
secretos al escondite! Así nací y así me quedo. ¿Ves que a otros niños los
asustan con la oscuridad? Pues a mí me asustaban con el silencio. Y vete
tú a saber si, en el fondo, no son la misma cosa. (Aparece en la puerta tío
Marko. Tipo de pescador torpón y lento. Trae un barquito de vela y tallas
marineras en una canasta de mimbre.)
ABUELA, FRIDA y Tío MARKO
MARKO.
Buenas.
ABUELA.
Otro
que tal. ¿Le has oído alguna vez un saludo completo? "Buenas". Las
tardes ya tienes que ponerlas tú. Apostaría a que no has vendido nada.
MARKO.
Y
apuesta bien. Ni una talla.
ABUELA.
¿
Con tanta gente como llegó en el barco de hoy? ¡Y qué gente! De esos que
viajan porque sí y traen dinero de lejos, que siempre vale más.
MARKO.
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Miran.
Pasan. Vuelven a mirar. Los forasteros sólo vienen a ver.
ABUELA.
Y
tú ahí, quieto como un poste, mirándoles pasar. Cuando la mercancía no les
entra por los ojos, hay que metérsela por los oídos.
MARKO.
Será
que no sirvo. Cada uno es cada uno.
ABUELA.
Ni
uno ni medio ni nada. Al demonio se le ocurre mandarte a vender a ti, con
ese aire de lagarto triste, y zurdo de las dos manos.
MARKO.
Sin
faltar, eh. Que uno aguanta y aguanta, y aguanta... y un día no aguanta,
y a ver qué pasa.
ABUELA.
¡
Ojalá! Más te quisiera reventando espuma que cruzado de brazos; pero ¡quiá!
Si ya cuando te bautizaron, en lugar de ponerte sal, te pusieron azúcar.
FRIDA.-(Recogiendo el barquito para llevarlo a la repisa.)
No
es suya la culpa. Ya nadie compra estas cosas como antes. Hoy las
fábricas lo hacen todo más barato y te lo ponen en casa.
ABUELA.
¿
Cuánto pediste?
MARKO.
Lo
que me mandaron; diez coronas.
ABUELA.
¿
Sin rebajar? Naturalmente, así todo parece caro. ¡Si me dejaran a mí!
(Tomando el barquito de manos de Frida.) "¿Cuánto vale este barquito? -
Quince coronas, señor. Madera de abeto. ¡Todavía huele a bosque! -Es muy
caro. -Por ser usted se lo dejo en doce, y pierdo. -Es mucho. -¿Mucho? Son
veinte noches de trabajo, señor. ¡Veinte noches de mujer con las manos frías!
-No doy más que diez. -¿Diez? -Diez. -¡Tómelo!" Y ya está. (Se sacude las
manos y devuelve el barco a Frida que va a ordenarlo junto a los otros.)
MARKO.-(Después de un esfuerzo de meditación.)
Pues
no veo la diferencia. Con más palabras o con menos el precio es el
mismo.
ABUELA.
¿
Y es que las palabras no valen nada? Si el domingo en lugar de
emborracharte hubieras ido a la iglesia, habrías oído lo que dijo el pastor. Y qué
bien habla el condenado... Decía: "Cuando Jesús de Galilea envió por toda la
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tierra a sus discípulos, que eran unos pobres pescadores como vosotros, ¿creéis
que les dio para luchar la espada o el caballo? ¡No! Les dio la palabra. Y con la
palabra sola conquistaron el mundo".
MARKO.
No
es lo mismo. Los apóstoles eran hombres, y ya sabía Él que no iban a
abusar.
ABUELA.
¿
Punzaditas, eh? Pues mira qué bien te va a ti con tanto ahorrar la lengua.
MARKO.
Vender
no vendí. Pero hablar, si hablé.
ABUELA.
¿
Con quién?
MARKO.
No
lo conozco. Un pasajero del barco. Estaba abajo en la playa, mirando hacia
el despeñadero con los ojos fijos. Me preguntó: -¿Hace usted esos barcos? -
Yo no; la mujer de Péter Anderson. Al oír ese nombre se le mudó el color, y
hasta me pareció que le temblaran los labios así como si hiciera frío. Repitió dos
veces en voz baja: "Péter Anderson... Péter Anderson..."
FRIDA.
Qué
extraño... ¿y después?
MARKO.
Después
señaló hacia acá, como si conociera el pueblo, y me dijo: "La casa es
aquella, al final de la cuesta, ¿verdad?" Sí, señor; aquella. Entonces volvió a
quedarse callado, mirando... Y eso fue todo.
ABUELA.
¿
Y eso fue todo? Pero maldito de Dios; ¿de modo que llega un hombre que
viene de otras tierras, que ha conocido a Péter, que pregunta por su casa... y
ahí lo dejas sin más, como si fuera el pan de cada día? (Llama a gritos.)
¡Estela...! ¡Estela!
FRIDA.-(Disponiéndose a salir para evitar el encuentro.)
Adiós,
abuela...
ABUELA.
¡
Quieta! ¿Qué prisa te ha entrado de repente?
FRIDA.
Es
tarde ya. El niño estará solo...
ABUELA.
La barca sin pescador (1945)
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¡
Que esperes te digo! (Estela aparece en la puerta y detiene imperativa a la
hermana.)
ESTELA.
¿
Te ibas porque llego yo?
FRIDA.
Se
me ha hecho tarde.
ABUELA.
Nunca
es tarde para poner las cosas claras. Con que si algo tenéis que hablar
lo habláis, y aquí paz y después gloria. (Frida vuelve a escena. Estela deja
rastrillo y podadera, y dispone sobre la mesa un brazado de ramas verdes.)
ESTELA.
¿
Para eso me llamabas a gritos?
ABUELA.
Tío
Marko tiene la culpa. Imagínate que ha llegado al puerto un amigo de
Péter preguntando por la casa, y aquí nos tienes sin saber quién es, ni q
No entendi nada porfavor nesesitaria un poco expresivo .
Y yo creo que a los niños no les convieneria hacer este tipo de cuentos
Ola papa jaimito solo le escribo para saber como esta, si recibio mi carta, pork cuando la escribi me puse a llorar mucho :( k mal k se fue a la ves tengo k estar trizte y feliz feliz xk se k usted va a estar bien y trizte x no se si nos volveremos a ver ( k espero k si jeje)
Aaaa otra cosa me puede pasar su correo mire mejor yo le doy el mio es: jessy.vale32@hotmail.com espero k me agrege.
bueno me tengo k ir bye lo kiero papa y ahora lo voy a llamar jimmy o papa lejano haha bueno ahora si bye lo kiero muchote.
:P