CAPÍTULO III

 

Tom se presentó a su tía, que estaba sentada junto a la ven­tana, abierta de par en par, en un alegre cuartito de las traseras de la casa, el cual servía a la vez de alcoba, comedor y despacho. La tibieza del aire estival, el olor de las flores y el zumbido adormecedor de las abejas habían producido su efecto, y la anciana estaba dando cabezadas sobre la calceta..., pues no tenía otra compañía que la del gato y éste se hallaba dormido sobre su falda. Estaba tan segura de que Tom habría ya desertado de su trabajo hacía mucho rato, que se sorpren­dió de verle entregarse así, con tal intrepidez, en sus manos. Él dijo:

‑¿Me puedo ir a jugar, tía?

‑¡Qué! ¿Tan pronto? ¿ Cuánto has enjalbegado?

Ya está todo, tía.

‑Tom, no me mientas. No lo puedo sufrir.

‑No miento, tía; ya está todo hecho.

La tía Polly confiaba poco en tal testimonio. Salió a ver por sí misma, y se hubiera dado por satisfecha con haber en­contrado un veinticinco por ciento de verdad en lo afirmado por Tom. Cuando vio toda la cerca encalada, y no sólo enca­lada sino primorosamente reposado con varias manos de le­chada, y hasta con una franja de añadidura en el suelo, su asombro no podía expresarse en palabras.

‑¡Alabado sea Dios! ‑dijo‑. ¡Nunca lo creyera! No se puede negar: sabes trabajar cuando te da por ahí. Y después añadió, aguando el elogio‑. Pero te da por ahí rara vez, la ver­dad sea dicha. Bueno, anda a jugar; pero acuérdáte y no tardes una semana en volver, porque te voy a dar una zurra.

Tan emocionada estaba por la brillante hazaña de su so­brino, que lo llevó a la despensa, escogió la mejor manzana y se la entregó, juntamente con una edificante disertación sobre el gran valor y el gusto especial que adquieren los dones cuan­do nos vienen no por pecaminosos medios, sino por nuestro propio virtuoso esfuerzo. Y mientras terminaba con un opor­tuno latiguillo bíblico, Tom le escamoteó una rosquilla.

Después se fue dando saltos, y vio a Sid en el momento en que empezaba a subir la escalera exterior que conducía a las habitaciones altas, por detrás de la casa. Había abundancia de terrones a mano, y el aire se llenó de ellos en un segundo. Zumbaban en torno de Sid como una granizada, y antes de que tía Polly pudiera volver de su sorpresa y acudir en soco­rro, seis o siete pellazos habían producido efecto sobre la per­sona de Sid y Tom había saltado la cerca y desaparecido. Ha­bía allí una puerta; pero a Tom, por regla general, le escaseaba el tiempo para poder usarla. Sintió descender la paz sobre su espíritu una vez que ya había ajustado cuentas con Sid por haber descubierto lo del hilo, poniéndolo en dificultades.

Dio la vuelta a toda la manzana y vino a parar a una ca­lleja fangosa, por detrás del establo donde su tía tenía las va­cas. Ya estaba fuera de todo peligro de captura y castigo, y se encaminó apresurado hacia la plaza pública del pueblo, don­de dos batallones de chicos se habían reunido para librar una batalla, según tenían convenido. Tom era general de uno de los dos ejércitos; Joe Harper (un amigo del alma), general del otro. Estos eximios caudillos no descendían hasta luchar per­sonalmente ‑eso se quedaba para la morralla‑, sino que se sentaban mano a mano en una eminencia y desde allí condu­cían las marciales operaciones dando órdenes que transmitían sus ayudantes de campo. El ejército de Tom ganó una gran victoria tras rudo y tenaz combate. Después se contaron los muertos, se canjearon prisioneros y se acordaron los términos del próximo desacuerdo; y hecho esto, los dos ejércitos for­maron y se fueron, y Tom se volvió solo hacia su morada.

Al pasar junto a la casa donde vivía Jeff Thatcher vio en el jardín a una niña desconocida: una linda criaturita de ojos azules, con el pelo rubio peinado en dos largas trenzas, delantal blanco de verano y pantalón con puntillas. El héroe, recién coronado de laureles, cayó sin disparar un tiro. Una cierta Amy Lawrence se disipó en su corazón y no dejó ni un recuerdo detrás. Se había creído locamente enamorado, le ha­bía parecido su pasión, un fervoroso culto, y he aquí que no era más que una trivial y efímera debilidad. Había dedicado meses a su conquista, apenas hacía una semana que ella se ha­bía rendido, él había sido durante siete breves días el más feliz y orgulloso de los chicos; y allí en un instante la había despe­dido de su pecho sin un adiós.

Adoró a esta repentina y seráfica aparición con furtivas miradas hasta que notó que ella le había visto; fingió entonces que no había advertido su presencia, y émpezó «a presumir» haciendo toda suerte de absurdas a infantiles habilidades para ganarse su admiración. Continuó por un rato la grotesca ex­hibición; pero al poco, y mientras realizaba ciertos ejercicios gimnásticos arriesgadísimos, vio con el rabillo del ojo que la niña se dirigía hacia la casa. Tom se acercó a la valla y se apo­yó en ella, afligido, con la esperanza de que aún se detendría un rato. Ella se paró un momento en los escalones y avanzó hacia la puerta. Tom lanzó un hondo suspiro al verla poner el pie en el umbral; pero su faz se iluminó de pronto, pues la niña arrojó un pensamiento por encima de la valla, antes de desaparecer. El rapaz echó a correr y dobló la esquina, dete­niéndose a corta distancia de la flor; y entonces se entoldó los ojos con la mano y empezó a mirar calle abajo, como si hubie­ra descubierto en aquella dirección algo de gran interés. Des­pués cogió una paja del suelo y trató de sostenerla en equili­brio sobre la punta de la nariz, echando hacia atrás la cabeza; y mientras se movía de aquí para allá, para sostener la paja, se fue acercando más y más al pensamiento, y al cabo le puso en­cima su pie desnudo, lo agarró con prensiles dedos, se fue con él renqueando y desapareció tras de la esquina. Pero nada más que por un instante: el preciso para colocarse la flor en un ojal, por dentro de la chaqueta, próxima al corazón o, proba­blemente, al estómago, porque no era ducho en anatomía, y en modo alguno supercrítico.

Volvió en seguida y rondó en torno de la valla hasta la noche «presumiendo» como antes; pero la niña no se dejó ver, y Tom se consoló pensando que quizá se habría acercado a al­guna ventana y habría visto sus homenajes. Al fin se fue a su casa, de mala gana, con la cabeza llena de ilusiones.

Durante la cena estaba tan inquieto y alborotado, que su tía se preguntaba «qué es lo que le pasaría a ese chico». Su­frió una buena reprimenda por el apedreamiento, y no le im­portó ni un comino. Trató de robar azúcar, y recibió un golpe en los nudillos.

‑Tía‑dijo‑, a Sid no le pegas cuando la coge.

‑No; pero no la atormenta a una como me atormentas tú. No quitarías mano al azúcar si no te estuviera mirando.

A poco se metió la tía en la cocina, y Sid, glorioso de su inmunidad, alargó la mano hacia el azucarero, lo cual era alar­de afrentoso para Tom, a duras penas soportable. Pero a Sid se le escurrieron los dedos y el azucarero cayó y se hizo peda­zos. Tom se quedó en suspenso, en un rapto de alegría; tan enajenado, que pudo contener la lengua y guardar silencio. Pensaba que no diría palabra, ni siquiera cuando entrase su tía, sino que seguiría sentado y quedo hasta que ella preguntase quién había hecho el estropicio; entonces se lo diría, y no habría cosa más gustosa en el mundo que ver al «modelo» atrapado. Tan entusiasmado estaba que apenas se pudo con­tener cuando volvió la anciana y se detuvo ante las ruinas lan­zando relámpagos de cólera por encima de los lentes. «¡Aho­ra se arma!» ‑pensó Tom. Y en el mismo instante estaba despatarrado en el suelo. La recia mano vengativa estaba le­vantada en el aire para repetir el golpe, cuando Tom gritó:

‑¡Quieta! ¿Por qué me zurra? ¡Sid es el que lo ha roto!

Tía Polly se detuvo perpleja, y Tom esperaba una repa­radora compasión. Pero cuando ella recobró la palabra, se li­mitó a decir:

‑¡Vaya! No te habrá venido de más una tunda, se me fi­gura. De seguro que habrás estado haciendo alguna otra tras­tada mientras yo no estaba aquí.

Después le remordió la conciencia, y ansiaba decir algo tierno y cariñoso; pero pensó que esto se interpretaría como una confesión de haber obrado mal y la disciplina no se lo permitió; prosiguió, pues, sus quehaceres con un peso sobre el corazón. Tom, sombrío y enfurruñado, se agazapó en un rin­cón, y exageró, agravándolas, sus cuitas. Bien sabía que su tía estaba, en espíritu, de rodillas ante él, y eso le proporcionaba una triste alegría. No quería arriar la bandera ni darse por en­terado de las señales del enemigo. Bien sabía que una mirada ansiosa se posaba sobre él de cuando en cuando, a través de lágrimas contenidas; pero se negaba a reconocerlo. Se imagi­naba a sí mismo postrado y moribundo y a su tía inclinada so­bre él, mendigando una palabra de perdón; pero volvía la cara a la pared, y moría sin que la palabra llegase a salir de sus la­bios. ¿Qué pensaría entonces su tía? Y se figuraba traído a casa desde el río, ahogado, con los rizos empapados, las ma­nos fláccidas y su mísero corazón en reposo. ¡Cómo se arroja­ría sobre él, y lloraría a mares, y pediría a Dios que le devolviese su chico, jurando que nunca volvería a tratarle mal! Pero él permanecería pálido y frío, sin dar señal de vida...; ¡pobre mártir cuyas penas habían ya acabado para siempre! De tal manera excitaba su enternecimiento con lo patético de esos ensueños, que tenía que estar tragando saliva, a punto de ato­sigarse; y sus ojos enturbiados nadaban en agua, la cual se de­rramaba al parpadear y se deslizaba y caía a gotas por la punta de la nariz. Y tal voluptuosidad experimentaba al mirar y aca­riciar así sus penas, que no podía tolerar la intromisión de cualquier alegría terrena o de cualquier inoportuno deleite; era cosa tan sagrada que no admitía contactos profanos; y por eso, cuando su prima Mary entró dando saltos de contenta, encantada de verse otra vez en casa después de una eterna au­sencia de una semana en el campo, Tom se levantó y, sumido en brumas y tinieblas, salió por una puerta cuando ella entró por la otra trayendo consigo la luz y la alegría. Vagabundeó lejos de los sitios frecuentados por los rapaces y buscó parajes desolados, en armonía con su espíritu. Una larga almadía de troncos, en la orilla del río, le atrajo; y sentándose en el hor­de, sobre el agua, contempló la vasta y desolada extensión de la corriente. Hubiera deseado morir ahogado; pero de pronto, y sin darse cuenta, y sin tener que pasar por el desagradable y rutinario programa ideado para estos casos por la Naturaleza. Después se acordó de su flor. La sacó, estrujada y lacia, y su vista acrecentó en alto grado su melancólica felicidad. Se preguntó si ella se compadecería si lo supiera. ¿Lloraría? ¿Querría poder echarle los brazos al cuello y consolarlo? ¿O le volvería fríamente la espalda, como todo el resto de la hu­manidad? Esta visión le causó tales agonías de delicioso sufri­miento, que la reprodujo una y otra vez en su magín y la vol­vía a imaginar con nuevos y variados aspectos, hasta dejarla gastada y pelada por el uso. Al fin se levantó dando un suspi­ro, y partió entre las sombras. Serían las nueve y media o las diez cuando vino a dar a la calle ya desierta, donde vivía la amada desconocida. Se detuvo un momento: ningún ruido llegó a sus oídos; una bujía proyectaba un mortecino resplan­dor sobre la cortina de una ventana del piso alto. ¿Estaba ella allí? Trepó por la valla, marchó con cauteloso paso, por entre las plantas, hasta llegar bajo la ventana; miró hacia arriba lar­go rato, emocionado; después se echó en el suelo, tendiéndo­se de espaldas, con las manos cruzadas sobre el pecho y en ellas la pobre flor marchita. Y así quisiera morir..., abandona­do de todos, sin cobijo sobre su cabeza, sin una mano querida que enjugase el sudor de su frente, sin una cara amiga que se inclinase sobre él, compasiva, en el trance final. Y así lo vería ella cuando se asomase a mirar la alegría de la mañana..., y, ¡ay! ¿dejaría caer una lágrima sobre el pobre cuerpo inmóvil, lanzaría un suspiro al ver una vida juvenil tan intempestiva­mente tronchada?

La ventana se abrió; la voz áspera de una criada profanó el augusto silencio, y un diluvio de agua dejó empapados los restos del mártir tendido en tierra.

El héroe, medio ahogado, se irguió de un salto, reso­plando; se oyó el zumbido de una piedra en el aire, entremez­clado con el murmullo de una imprecación; después, como un estrépito de cristales rotos; y una diminuta forma fugitiva sal­tó por encima de la valla y se alejó, disparada, en las tinieblas.

Poco después, cuando Tom, desnudo para acostarse examinaba sus ropas remojadas, a la luz de un cabo de vela, Sid se despertó; pero si es que tuvo alguna idea de hacer «alu­siones personales», lo pensó mejor y se estuvo quedo..., pues en los ojos de Tom había un brillo amenazador. Tom se me­tió en la cama sin añadir a sus enojos el de rezar, y Sid apuntó en su memoria esta omisión.

 

 

CAPÍTULO IV

 

E1 sol se levantó sobre un mundo tranquilo y lanzó sus es­plendores, como una bendición, sobre el pueblecito apa­cible. Acabado el desayuno, tía Polly reunió a la familia para las prácticas religiosas, las cuales empezaron por una plegaria construida, desde el cimiento hasta arriba, con sólidas hiladas de citas bíblicas, trabadas con un débil mortero de originali­dad; y desde su cúspide, como desde un Sinaí, recitó un adus­to capítulo de la ley mosaica.

Tom se apretó los calzones, por así decirlo, y se puso a trabajar para «aprenderse sus versículos». Sid se los sabía ya desde días antes. Tom reconcentró todas sus energías para grabar en su memoria cinco nada más, y escogió un trozo del Sermón de la Montaña porque no pudo encontrar otros ver­sículos que fueran tan cortos.

Al cabo de media hora tenía una idea vaga y general de la lección, pero nada más, porque su mente estaba revoloteando por todas las esferas del pensamiento humano y sus manos ocu­padas en absorbentes y recreativas tareas. Mary le cogió el libro para tomarle la lección, y él trató de hacer camino entre la niebla.

‑Bienaventurados los .... los...

‑Pobres...

‑Sí, pobres; bienaventurados los pobres de..., de...

‑Espíritu...

‑De espíritu; bienaventurados los pobres de espíritu, porque ellos .... ellos...

‑De ellos...

‑Porque de ellos... Bienaventurados los pobres de espí­ritu porque de ellos..., será el reino de los cielos. Bienaventu­rados los que lloran, porque ellos .... porque ellos...

‑Re...

‑Porque ellos re...

‑Reci...

‑Porque ellos reci... ¡No sé lo que sigue!

‑Recibirán...

‑¡Ah! Porque ellos recibirán..., recibirán.... los que llo­ran. Bienaventurados los que recibirán, porque ellos... llora­rán, porque recibirán... ¿Qué recibirán? ¿Por qué no me lo di­ces, Mary? ¿Por qué eres tan tacaña?

‑¡Ay, Tom, simple! No creas que es por hacerte rabiar. No soy capaz. Tienes que volver a estudiarlo. No te apures, Tom: ya verás cómo lo aprendes; y si te lo sabes, te voy a dar una cosa preciosa. ¡Anda!, a ver si eres bueno.

‑Bien; pues dime lo que me vas a dar, Mary. ¡Dime lo que es!

‑Eso no importa, Tom. Ya sabes que cuando prometo algo es verdad.

‑Te creo, Mary. Voy a darle otra mano.

Y se la dio; y bajo la doble presión de la curiosidad y de la prometida ganancia, lo hizo con tal ánimo que tuvo un éxi­to deslumbrador. Mary le dio una flamante navaja «Barlow» que valía doce centavos y medio; y las convulsiones de deleite que corrieron por su organismo lo conmovieron hasta los ci­mientos. Verdad es que la navaja era incapaz de cortar cosa alguna; pero era una «Barlow» de las «de verdad», y en eso ha­bía imponderable grandiosidad... aunque de dónde sacarían la idea los muchachos del Oeste de que tal arma pudiera lle­gar a ser falsificada con menoscabo para ella, es un grave mis­terio y quizá lo será siempre. Tom logró hacer algunos cortes en el aparador, y se preparaba a empezar con la mesa de escri­bir, cuando le llamaron para vestirse y asistir a la escuela do­minical.

Mary le dio una jofaina de estaño y un trozo de jabón, y él salió fuera de la puerta y puso la jofaina en un banquillo que allí había; después mojó el jabón en el agua y lo colocó sobre el banco; se remangó los brazos, vertió suavemente el agua en el suelo, y en seguida entró en la cocina y empezó a restregarse vigorosamente con la toalla que estaba tras de la puerta. Pero Mary se la quitó y le dijo:

‑¿No te da vergüenza, Tom? No seas tan malo. No ten­gas miedo al agua.

Tom se quedó un tanto desconcertado. Llenaron de nuevo la jofaina, y esta vez Tom se inclinó sobre ella, sin aca­bar de decidirse; reuniendo ánimos, hizo una profunda aspi­ración, y empezó. Cuando entró a poco en la cocina, con los ojos cerrados, buscando a tientas la toalla, un honroso testi­monio de agua y burbujas de jabón le corría por la cara y go­teaba en el suelo. Pero cuando salió la luz de entre la toalla aún no estaba aceptable, pues el territorio limpio terminaba de pronto en la barbilla y las mandíbulas, como un antifaz y más allá de esa línea había una oscura extensión de terreno de secano que corría hacia abajo por el frente y hacia atrás, dan­do la vuelta al pescuezo. Mary le cogió por su cuenta, y cuan­do acabó con él era un hombre nuevo y un semejante, sin dis­tinción de color, y el pelo empapado estaba cuidadosamente cepillado, y sus cortos rizos ordenados para producir un gene­ral efecto simétrico y coquetón (a solas, se alisaba los rizos con gran dificultad y trabajo, y se dejaba el pelo pegado a la cabeza, porque tenía los rizos por cosa afeminada y los suyos le amargaban la existencia). Mary sacó después un traje que Tom sólo se había puesto los domingos, durante dos años. Le llamaban «el otro traje», y por ello podemos deducir lo sucinto de su guardarropa. La muchacha «le dio un repaso» des­pués que él se hubo vestido; le abotonó la chaqueta hasta la barbilla, le volvió el ancho cuello de la camisa sobre los hom­bros, le coronó la cabeza, después de cepillarlo, con un som­brero de paja moteado. Parecía, después, mejorado y atroz­mente incómodo; y no lo estaba menos de lo que parecía, pues había en el traje completo y en la limpieza una sujeción y entorpecimiento que le atormentaban. Tenía la esperanza de que Mary no se acordaría de los zapatos, pero resultó fallida; se los untó concienzudamente con una capa de sebo, según era el uso, y se los presentó. Tom perdió la paciencia, y protes­tó; de que siempre le obligaban a hacer lo que no quería. Pero Mary le dijo, persuasiva:

‑Anda, Tom; sé un buen chico.

Y Tom se los puso, gruñendo. Mary se arregló en seguida, y los tres niños marcharon a la escuela dominical, lugar que Tom aborrecía con toda su alma; pero a Sid y a Mary les gustaba.

Las horas de esa escuela eran de nueve a diez y media, y después seguía el oficio religioso. Dos de los niños se queda­ban siempre, voluntariamente, al sermón, y el otro siempre se quedaba también..., por razonees más contundentes. Los asientos, sin tapizar y altos de respaldo, de la iglesia podrían acomodar unas trescientas personas; el edificio era pequeño e insignificante, con una especie de cucurucho de tablas puesto por montera, a guisa de campanario. Al llegar a la puerta, Tom se echó un paso atrás y abordó a un compinche también endomingado.

‑Oye, Bill, ¿tienes un vale amarillo?

‑Sí.

‑¿Qué quieres por él?

‑¿Qué me das?

‑Un cacho de regaliz y un anzuelo.

‑Enséñalos.

Tom los presentó. Eran aceptables, y las pertenencias cambiaron de mano. Después hizo el cambalache de un par de canicas por tres vales rojos, y de otras cosillas por dos azu­les. Salió al encuentro de otros muchachos, según iban lle­gando, y durante un cuarto de hora siguió comprando vales de diversos colores. Entró en la iglesia, al fin, con un enjam­bre de chicos y chicas, limpios y ruidosos; se fue a su silla e inició una riña con el primer muchacho que encontró a mano. El maestro, hombre grave, ya entrado en años, intervi­no; después volvió la espalda un momento, y Tom tiró del pelo al rapaz que tenía delante, y ya estaba absorto en la lectu­ra de su libro cuando la víctima miró hacia atrás; pinchó a un tercero con un alfiler, para oírle chillar, y se llevó nueva repri­menda del maestro. Durante todas las clases Tom era siempre el mismo: inquieto, ruidoso y pendenciero. Cuando llegó el momento de dar las lecciones ninguno se la sabía bien y había que irles apuntando durante todo el trayecto. Sin embargo, fueron saliendo trabajosamente del paso, y a cada uno se le recompensaba con vales azules, en los que estaban impresos pasajes de las Escrituras. Cada vale azul era el precio de re­citar dos versículos; diez vales azules equivalían a uno rojo, y podían cambiarse por uno de éstos; diez rojos equivalían a uno amarillo, y por diez vales amarillos el superintendente regalaba una Biblia, modestamente encuadernada (valía cua­renta centavos en aquellos tiempos felices), al alumno. ¿Cuán­tos de mis lectores hubieran tenido laboriosidad y constancia para aprenderse de memoria dos mil versículos, ni aun por una Biblia de las ilustradas por Doré? Y sin embargo María había ganado dos de esa manera: fue la paciente labor de dos años; y un muchacho de estirpe germánica había conquistado cuatro o cinco. Una vez recitó tres mil versículos sin detener­se; pero sus facultades mentales no pudieron soportar tal es­fuerzo y se convirtió en un idiota, o poco menos, desde aquel día: dolorosa pérdida para la escuela, pues en las ocasiones so­lemnes, y delante de compañía, el superintendente sacaba siempre a aquel chico y (como decía Tom) «le abría la espita». Sólo los alumnos mayorcitos llegaban a conservar los vales y a persistir en la tediosa labor bastante tiempo para lograr una Biblia; y por eso la entrega de uno de estos premios era un raro y notable acontecimiento. El alumno premiado era un per­sonaje tan glorioso y conspicuo por aquel día, que en el acto se encendía en el pecho de cada escolar una ardiente emula­ción, que solía durar un par de semanas. Es posible que el es­tómago mental de Tom nunca hubiera sentido verdadera hambre de uno de esos premios, pero no hay duda de que de mucho tiempo atrás había anhelado con toda su alma el éclat que traía consigo.

Al llegar el momento preciso el superintendente se co­locó en pie frente al púlpito, teniendo en la mano un libro de himnos cerrado y el dedo índice inserto entre sus hojas, y re­clamó silencio. Cuando un superintendente de escuela domi­nical pronuncia su acostumbrado discursito, un libro de him­nos en la mano es tan necesario como el inevitable papel de música en la de un cantor que avanza hasta las candilejas para ejecutar un solo, aunque el porqué sea un misterio, puesto que ni el libro ni el papel son nunca consultados por el paciente. Este superintendente era un ser enjuto, de unos treinta y cin­co años, con una sotabarba de estopa y pelo corto del mismo color; llevaba un cuello almidonado y tieso, cuyo borde le lle­gaba hasta las orejas y cuyas agudas puntas se curvaban hacia adelante a la altura de las comisuras de los labios; una tapia que le obligaba a mirar fijamente a proa y a dar la vuelta a todo el cuerpo cuando era necesaria una mirada lateral. Tenía la barbilla apuntalada por un amplio lazo de corbata de las di­mensiones de un billete de banco, y con flecos en los bordes, y las punteras de las botas dobladas hacia arriba, a la moda del día, como patines de trineo: resultado que conseguían los jó­venes elegantes, con gran paciencia y trabajo, sentándose con las puntas de los pies apoyados contra la pared y permane­ciendo así horas y horas. Mister Walters tenía un aire de ar­doroso interés y era sincero y cordial en el fondo, y considera­ba las cosas y los lugares religiosos con tal reverencia y tan aparte de los afanes mundanos que, sin que se diera cuenta de ello, la voz que usaba en la escuela dominical había adquirido una entonación peculiar, que desaparecía por completo en los días de entre semana. Empezó de esta manera:

‑Ahora, niños os vais a estar sentados, todo lo derechi­tos y quietos que podáis, y me vais a escuchar con toda aten­ción por dos minutos. ¡Así, así me gusta! Así es como los bue­nos niños y las niñas tienen que estar. Estoy viendo a una pequeña que mira por la ventana: me temo que se figura que yo ando por ahí fuera, acaso en la copa de uno de los árboles, echando un discurso a los pajaritos. (Risitas de aprobación.) Necesito deciros el gozo que me causa ver tantas caritas ale­gres y limpias reunidas en un lugar como éste, aprendiendo a hacer buenas obras y a ser buenos...

Y siguió por la senda adelante. No hay para qué relatar el resto de la oración. Era de un modelo que no cambia, y por eso nos es familiar a todos.

El último tercio del discurso se malogró en parte por haberse reanudado las pendencias y otros escarceos entre al­gunos de los chicos más traviesos, y por inquietudes y mur­mullos que se extendían cada vez más llegando su oleaje has­ta las bases de aisladas a inconmovible rocas, como Sid y Mary. Pero todo ruido cesó de repente al extinguirse la voz de mister Walters, y el término del discurso fue recibido con una silenciosa explosión de gratitud.

Buena parte de los cuchicheos había sido originada por un acontecimiento más o menos raro: la entrada de visitantes. Eran éstos el abogado Thatcher, acompañado por un anciano decrépito, un gallardo y personudo caballero de pelo gris, en­trado en años, y una señora solemne, que era, sin duda, la es­posa de aquél. La señora llevaba una niña de la mano. Tom ha­bía estado intranquilo y lleno de angustias y aflicciones, y aun de remordimientos; no podía cruzar su mirada con la de Amy Lawrence ni soportar las que ésta le dirigía. Pero cuando vio a la niña recién llegada el alma se le inundó de dicha. Un instan­te después estaba «presumiendo» a toda máquina: puñadas a los otros chicos, tirones de pelos, contorsiones con la cara, en una palabra: empleando todas las artes de seducción que pu­dieran fascinar a la niña y conseguir su aplauso. Su loca alegría no tenía más que una mácula: el recuerdo de su humillación en el jardín del ser angélico, y ese recuerdo, escrito en la arena, iba siendo barrido rápidamente por las oleadas de felicidad que en aquel instante pasaban sobre él. Se dio a los visitantes el más encumbrado asiento de honor, y tan pronto como mister Walters terminó su discurso los presentó a la escuela. El caba­llero del pelo gris resultó ser un prodigioso personaje, nada menos que el juez del condado; sin duda el ser más augusto en que los niños habían puesto nunca sus ojos. Y pensaban de qué sustancia estaría formado, y hubieran deseado oírle rugir y hasta tenían un poco de miedo de que lo hiciera. Había venido desde Constantinopla, a doce millas de distancia, y, por consi­guiente, había viajado y había visto mundo; aquellos mismos ojos habían contemplado la Casa de Justicia del condado, de la que se decía que tenía el techo de cinc. El temeroso pasmo que inspiraban estas reflexiones se atestiguaba por el solemne silencio y por las filas de ojos abiertos en redondo. Aquél era el gran juez Thatcher, hermano del abogado de la localidad. Jeff Thatcher se adelantó en seguida para mostrarse familiar con el gran hombre y excitar la envidia de la escuela. Música ce­lestial hubiera sido para sus oídos escuchar los comentarios.

‑¡Mírale, Jim! Se va arriba con ellos. ¡Mira, mira!, va a darle la mano. ¡Ya se la da! ¡Lo que darías tú por ser Jeff?

Mister Walters se puso «a presumir» con toda suerte de bullicios y actividades oficialescas, dando órdenes, emitiendo juicios y disparando instrucciones aquí y allá y hacia todas par­tes donde podía encontrar un blanco. El bibliotecario «presu­mió» corriendo de acá para allá con brazadas de libros, y con toda la baraúnda y aspavientos en que se deleita la autoridad­insecto. Las señoritas instructoras «presumieron» inclinándose melosamente sobre escolares a los que acababan de tirar de las orejas, levantando deditos amenazadores delante de los mu­chachos malos y dando amorosas palmaditas a los buenos. Los caballeretes instructores «presumían» prodigando regañinas y otras pequeñas muestras de incansable celo por la disciplina, y unos y otros tenían grandes quehaceres en la librería, que los obligaban a ir y venir incesantemente y, al parecer, con gran ago­bio y molestia. Las niñas «presumían» de mil distintos modos, y los chicuelos «presumían» con tal diligencia que los proyectiles de papel y rumor de reyertas llenaban el aire. Y cerniéndose so­bre todo ello, el grande hombre seguía sentado, irradiaba una majestuosa sonrisa judicial sobre toda la concurrencia y se ca­lentaba al sol de su propia grandeza, pues estaba «presumiendo» también. Sólo una cosa faltaba para hacer el gozo de mister Walters completo, y era la ocasión de dar el premio de la Biblia y exhibir un fenómeno. Algunos escolares tenían vales amarillos, pero ninguno tenía los necesarios: ya había él investigado entre las estrellas de mayor magnitud. Hubiera dado todo lo del mundo, en aquel momento, porque le hubieran restituido, con la mente recompuesta, aquel muchacho alemán.

Y entonces, cuando había muerto toda esperanza, Tom Sawyer se adelantó con nueve vales amarillos, nueve vales ro­jos y diez azules, y solicitó una Biblia. Fue un rayo cayendo de un cielo despejado. Walters no esperaba una petición semejante, de tal persona, en los próximos diez años. Pero no había que darle vueltas: allí estaban los vales y eran moneda legal. Tom fue elevado en el acto al sitio que ocupaban el juez y los demás elegidos, y la gran noticia fue proclamada desde el es­trado. Era la más pasmosa sorpresa de la década; y tan honda sensación produjo, que levantó al héroe nuevo hasta la altura misma del héroe judicial. Todos los chicos estaban muertos de envidia; pero los que sufrían más agudos tormentos eran los que se daban cuenta, demasiado tarde, de que ellos mis­mos habían contribuido a aquella odiosa apoteosis por ceder sus vales a Tom a cambio de las riquezas que había amonto­nado vendiendo permisos para enjalbegar. Sentían desprecio de sí mismos por haber sido víctimas de un astuto defrauda­dor, de una embaucadora serpiente escondida en la hierba.

El premio fue entregado aTom con toda la efusión que el superintendente, dando a la bomba, consiguió hacer subir has­ta la superficie en aquel momento; pero le faltaba algo del ge­nuino surtidor espontáneo, pues el pobre hombre se daba cuen­ta, instintivamente, de que había allí un misterio que quizá no podría resistir fácilmente la luz. Era simplemente absurdo pen­sar que aquel muchacho tenía almacenadas en su granero dos mil gavillas de sabiduría bíblica, cuando una docena bastarían, sin duda, para forzar y distender su capacidad. Amy Lawrence estaba orgullosa y contenta, y trató de hacérselo ver a Tom; pero no había modo de que la mirase. No, no adivinaba la causa; des­pués se turbó un poco; en seguida la asaltó una vaga sospecha, y se disipó, y tornó a surgir. Vigiló atenta; una furtiva mirada fue una revelación, y entonces se le encogió el corazón, y experi­mentó celos y rabia, y brotaron las lágrimas, y sintió aborreci­miento por todos, y más que por nadie, porTom.

El cual fue presentado al juez; pero tenía la lengua pa­ralizada, respiraba con dificultad y le palpitaba el corazón; en parte, por la imponente grandeza de aquel hombre, pero sobre todo, porque era el padre de ella. Hubiera querido pos­trarse ante él y adorarlo, si hubieran estado a oscuras. El juez le puso la mano sobre la cabeza y le dijo que era un hombreci­to de provecho, y le preguntó cómo se llamaba. El chico tar­tamudeó, abrió la boca, y lo echó fuera:

‑Tom.

‑No, Tom, no...; es....

‑Thomas.

‑Eso es. Ya pensé yo que debía de faltar algo. Bien está. Pero algo te llamarás además de eso, y me lo vas a decir, ¿no es verdad?

‑Dile a este caballero tu apellido, Thomas ‑dijo Wal­ters‑; y dile además «señor». No olvides las buenas maneras.

‑Thomas Sawyer, señor.

‑¡Muy bien! Así hacen los chicos buenos. ¡Buen mu­chacho! ¡Un hombrecito de provecho! Dos mil versículos son muchos, muchísimos. Y nunca te arrepentirás del trabajo que te costó aprenderlos, pues el saber es lo que más vale en el mundo; él es el que hace los grandes hombres y los hombres buenos;.tú serás algún día un hombre grande y virtuoso, Tho­mas, y entonces mirarás hacia atrás y has de decir: «Todo se debo a las ventajas de la inapreciable escuela dominical, en mi niñez; todo se lo debo a mis queridos profesores, que me en­señaron a estudiar; todo se lo debo al buen superintendente, que me alentó y se interesó por mí y me regaló una magnífica y lujosa Biblia para mí solo: ¡todo lo debo a haber sido bien educado!» Eso dirás, Thomas, y por todo el oro del mundo no darías esos dos mil versículos. No, no los darías. Y ahora ¿querrás decirnos a esta señora y a mí algo de lo que sabes? Ya sé que nos lo dirás, porque a nosotros nos enorgullecen los ni­ños estudiosos. Seguramente sabes los nombres de los doce discípulos. ¿No quieres decirnos cómo se llamaban los dos primeros que fueron elegidos?

Tom se estaba tirando de un botón, con aire borreguil. Se ruborizó y bajó los ojos: Mister Walters empezó a trasu­dar, diciéndose a sí mismo: «No es posible que el muchacho contestase a la menor pregunta... ¡En qué hora se le ha ocu­rrido al juez examinarlo.» Sin embargo, se creyó obligado a intervenir, y dijo:

‑Contesta a este señor, Thomas. No tengas miedo.

Tom continuó mudo.

‑Me lo va a decir a mí ‑dijo la señora‑. Los nombres de los primeros discípulos fueron...

‑¡David y Goliat!

Dejemos caer un velo compasivo sobre el resto de la escena.